desh0jar


La enfoco,
cierro un ojo y la enfoco.
Desnuda en sus pétalos,
siendo.

Veo cómo se marchita
ante mi tacto doloroso y cruel.
Corto la rosa
desde su raíz.
Sus espinas me clavan y me hacen sangrar,
me causan tanto dolor como yo a ella,
y deja cicatrices,
pero está muriendo, lo veo,
se desflora y sus pétalos caen,
secos,
abandonados.

La veo ser desprovista de su belleza.
Me es entregada como exquisito festín
y yo la fulmino,
la consigo y la poseo
solo para destruirla;
que nadie más la admire,
que nadie más la toque.

Mantenme lejos de las flores
porque amo
pisotearlas.

(2017)

evitativ0(s)

Cautela. Esa que te caracteriza. Esa que te mantiene con los dedos sobre el arpa, acariciando las tensas cuerdas, temerosa de tocar alguna nota en falso que vibre muy intensa dentro de ti.         

Cautela. Esa de mirar y no tocar. De imaginar, pensar, desear, y silenciar arrepentida. La que hace imperar tu conciencia a tu sentir, esa en la que no solo basta amar, sino ser secuestrado.
            
Cautela la tuya, de apartar el rostro, cerrar los ojos y evitar pensar en mí cuando él te besa. Cautela silenciosa la que te llama a gemir mi nombre en medio de la oscuridad sin que nadie más lo sepa. Cautela hay en tus manos, que te tocan buscando hacerte tuya, cuando tu piel implora por ser mía.
            
Cautela la tuya de no sentir, buscando en sus manos el mapa de ese amor no encontrado, dándome la espalda porque en las mías solo hay líneas que se enredan y se pierden como mi boca entre tus piernas. Cautela de tu sexo, cautela de tu mente. Cautela racional, cautela indemne.
            
Cautelosa tú por dejarme. Cauteloso yo
al no permitirme,
amarte.

(2017)

s0l0 un vers0


Me hace querer ser poesía. De esa que se relee cada cierto tiempo y nunca se olvida. Pero de ser poesía sería perfecto, y yo, soy solo un pequeño verso, ese verso de relleno, ese que sobra; ese que completa la métrica y solo habla adornos.
         

De no ser poesía, quisiera ser el cielo. Ese estrellado que la cubre por las noches mientras la luna la vigila, pero yo no soy noche, soy día. Soy ese cielo claro en donde todo debe ser pensado con la cabeza fría. Quisiera ser noche, y mientras duerme ella sería solo mía.
            
En mis manos solo tengo un costal de sensaciones, besos, caricias y amores. En mi costal solo tengo lo que soy, carne; de la más magra y vivaz. En mi costal solo llevo un puñado de ganas e intenciones.
            
Tras mi telón se oculta mi yo verdadero, ese que pareces conocer bien y que dices, se reviste de apariencias. Tras mi telón que ahora está abierto, solo encontrarás todo aquello que te ofrezco.
            
Soy el hombre que deambula por tus sueños, ese que se desliza entre suspiros y en silencio acaricia tu cabello. Soy ese hombre que sentado en la vereda de lo onírico, te piensa desde las entrañas hasta el corazón. Ese niño que te quiere, ese hombre que te toma.
            
Ella me hizo querer ser poesía, pero solo fui un trágico verso.

(2017)

tr0ya

Con monedas en los ojos me despido. Del muérdago caído en ese invierno que no fue. De los labios rojos que rehuyeron los míos. De la gloria que conquisté y se disipó frente a mis ojos.

En la pira que arde, la leyenda que se crea entre letras, se quema y se deshace; asesinado a manos de mí mismo, de mi alter ego, de ese que fui y decidí no ser. Paris fui, Aquiles me iré.

Hoy la gloria me sabe a hojas de té, a seco y a guardado. La sangre que corría sobre mi piel, empapándome de siglos futuros, se ha secado al caer sobre la tierra y las cenizas de Troya. La flecha mal habida de los dioses, ha puesto punto final a la epopeya, y yo, con ese punto, he de terminar.

Creonte, navega tu barca y acércame a la orilla, llévame a ese punto de los ídolos, donde Patroclo me espera por un nuevo festín. He renunciado a la ambrosía y a la eternidad, porque los dioses son impávidos y crueles.

Aquiles me iré. Con monedas en mis ojos he de divisar la gloria eterna que me espera en sus recuerdos, en sus manos, en su voz. Aquiles seré cuando me piense y se acaricie, cuando susurre el nombre de ese Paris que ya fue.

Paris persigue a una mujer, pero yo... Yo persigo la gloria.


(2017)
 

peste negra

Soy de los que se disfrazan de sí mismo a diario. Esencia intercambiable. Cambia rostros, cambia pieles. De los que un día se sienten muy algo y al día siguiente un tanto no se qué. Me conozco al cien por ciento y luego me hundo al menos uno. Extrema convicción, nula perseverancia. Acciones talladas en crudeza pura, en arcilla sin secar y en rayones sobre la madera de esas mesas abandonadas en las aulas durante el verano.

Noche tras noche, un velo invisible cubre mi corazón desvelado, un manto del formaldehido que mantiene controladas las heridas en carne viva, esas que vibran y arden amenazantes en sangrar. Esas por las que mi alma suspira silbidos de recuerdo y abandono insostenible, mientras el calor de la esperanza les hace frente para no perder la cordura y esa innata capacidad de amar con la que caímos a este mundo.
     
No diré que me auto defino, ni que me conozco porque no lo hago. La mayor parte del tiempo solo sobrevivo, a mí mismo y a la ansiedad que me habita y me invade. Paso por sobre los cadáveres de mis propios fracasos que intentan aportillarme el alma en desazón y locura, entonces pisoteo firme sobre ellos, y los golpeo intentando deshacerme de su agarre funesto sobre mis extremidades tensas, lánguidas en voluntad, exiguas en fuerza.
     
Y mi mente es una caja negra incluso para mí mismo. Un baúl corroído cuyo contenido está entero camuflado en penumbras, en el peso de las piedras del abrigo en que Virginia Wolf dejó el desastre de la existencia no deseada, abatida. Aquel ser que habita en mí solo silencia su estrategia de echarme afuera para quedarse con mi carne cuando escribo, cuando tomo el control de mis manos temblorosas y las alisto para deslizarse sobre las teclas con dureza y fiereza imprudentes; solo así es cuando salgo indemne.
     
Ahora me siento medio vacío, desprovisto de preocupación o de mínimo sentido. Tangencialmente me encuentro a mí mismo rememorando amores pasados, pasiones fluviales e intensidad que hasta ahora me desarma. Tras mis pies las huellas de lo que fui las borra la marea y ya no quiero aferrarme a más nada.
     
Es la elíptica maraña de raíces del Dasein, que se funde con la tierra y la penetra intentando sobrevivir por sí mismo, buscando el sol, buscando el agua; buscando el deseo costoso de la felicidad prometida y nunca encontrada; esa promesa ufana y de la boca para afuera que creímos ser capaces de hallar, cuando ni siquiera puede esconderse, porque nadie, ni ella misma, se oculta del destino manifiesto y trágico de la vida entre cenizas y volutas de nauseabunda peste negra.

(2017)

p0etasesin0


Leí por ahí que los poetas tienen alma de asesinos, y por asociación, diría que los escritores tenemos alma de asesinos seriales y de muertos también, un poco de ambas. Dígase asesinos, no estamos contentos, ni mucho menos satisfechos o extasiados con nuestra sangre fría, así que somos capaces de volver una y otra vez a la escena del crimen, empaparnos con el aroma metálico de los charcos de sangre y las vísceras hechas clavel en la pared. Volvemos al recuadro de nuestra indolencia para cerrar los ojos y humedecer la sensación del carmín bañándonos las manos; el sonido de la bala percutada o del puñal diseccionando la carne; la textura del cuello tenso, dejando de palpitar bajo nuestros dedos, o la presión del gatillo antes de ser jalado.

Cada escrito es una revuelta interna de la sensación de matar y morir un poco en el intento, cuando el sonido de risas difusas, el retazo de pieles desnudas y las voces apagadas y dulces nos desbaratan la conciencia y la memoria. Las letras que se esmeran en ser derramadas sobre el papel nos acribillan al final de la jornada, mirándonos al espejo de nuestra propia soledad con las manos entintadas en sangre.
      
El peso de nuestras malas decisiones fluyen como el disfraz de una realidad tortuosa, plasmándose en celulosa que al final, querríamos terminar quemando, deshaciendo en cenizas. Ahora entiendo que, cuando Nerón quemó Roma, solo intentaba escapar de las cosas que era incapaz de manejar, de sí mismo y de su mala racha. Nerón quemó todo aquello que era objeto de deseo porque no podía tenerlo, porque no podía hacerlo suyo bajo voluntad, sino solo tomándolo por la fuerza.
      
Hay que tener perfidia y veneno en el corazón para dejar que las letras se unan en códigos sintácticos de una lengua que sea capaz de contarnos, de forma silente y tajante, las cosas que la conciencia no quiere admitir. La pluma se desliza ante nuestros ojos, obligándonos a leer mientras escribimos, eso que se acalla con placeres mundanos y cigarrillos de balcón.
      
Hay momentos en los que pienso en aquellos pajaritos, y en los episodios mentales de una novela que cree para mí mismo y que no quiero que nadie más lea. No quiero que la lean desnuda al amanecer, que la vean sonreír o que sientan su tacto. No me aventuro ni siquiera a hacerlo explícito en una hoja o en cuartillas porque alguien más podría encontrarse con una presencia que he aprendido a fuerza de golpes, a mantener intacta en la remembranza del primer acercamiento.
      
Me asusta mirar mis manos. Me da asco verlas y encontrar en ellas el nauseabundo reflejo del solitario y ponzoñoso ser en el que me convertí. Miro a la nada en introspección paulatina y comienzo a considerarme una enfermedad, la peste negra, la fría muerte o el mismísimo diablo. Lo que toco lo incinero, lo destruyo e intento mantenerlo cerca solo porque me gusta sentir el sufrimiento del amor más puro intentando corroer un alma incapaz de vibrar o entibiarse.
      
La humanidad no sabe de talentos, de virtudes ni de dones innatos. La humanidad, la gente, espera encontrar en el morbo lo divino. Un Sócrates de beber la cicuta para ser admirado; un Rimbaud debe enclaustrarse en un baúl solo con un par de hojas de papel, una pluma y un vaso de agua para que su arte, su alma, sea condenada a la distintiva gloria. Un Huidobro debe ser lo suficientemente excéntrico, un Poe terminantemente sombrío y un Kafka una quimera más cucaracha que persona, para que la indiferencia y desprecio sean reemplazados por bustos sobre los pilares del Olimpo de Homero; como si no fueran suficientes las dagas en las entrañas con cada palabra forjada, como si blandir la tinta entre los dedos no quemara el estómago y los sesos del puro remordimiento.
      
Remordimiento por la cobardía, por la falta de experiencia. Culpa por todas las veces en que en vez de afrontar la vida, terminamos por escondernos tras palabras y hojas llenas de no se qué. A veces me maldigo a mí mismo y la incapacidad de dejar la métrica dramatúrgica de lado. A veces, deseo esa capacidad humana y fácil de cometer errores y pasar de ellos sin revolcarme en el lodo cada vez que puedo porque la desidia contra mí mismo es mi más fiel amante; y así como voy, terminará por ser la única. Siempre lo ha querido, siempre me ha susurrado al oído que la deje ser la reina en el trono de mis escombros.
      
Recojo el clavel como un trozo de alma purgado y lo guardo en la solapa de mi abrigo, como muestra de total indiferencia hacia mí mismo. Miro el lecho, nuestro hogar que se convirtió en crimen pasional, y limpio de mis manos asesinas y certeras la sangre que derramé a borbotones.
      
El brillo de la masa espesa y caliente aún se desliza entre los tablones de esta tragedia infinita y entrecortada, y al final soy yo, el que recibe los aplausos de la audiencia por mi magistral homicidio-suicidio. Excepcional, leo en sus labios. Las luces me encandilan y el sudor se eleva en forma de vapor desde mi rostro. Sonrío para no largarme a llorar a causa de mi estrechez, de la falta de esos veintiún gramos, y el telón se cierra dejando atrás una careta falsa. He aprendido a ser un buen actor.
      
Limpio mis armas de estertores que me pisen los talones cuando las calles suelten efluvios de aire caliente, y me marcho a un destino conocido.
      
El papel, la tinta, el super-yo. Pasta de escritor.
El arma, la sangre y el ello. Alma de asesino.
      
Se preguntarán por el yo, entre tantas pulsiones de tira y afloja. Yo soy un instrumento, el títere que sonríe falsamente, justo en medio.
      
      
(Nunca vuelvas a enamorarte de un escritor, nunca más falles en el primer intento.)

(2017)

ya n0 s0y


Ya no quiero que me nombren Dios. Ya no quiero que me piensen bello. Abandono el círculo de los poetas, incesante, pues me marchito. La vida no se vive y el alma está enjaulada. El cautiverio del sentir prohibido se replica y se acumula, un cúmulo desgastante.

Ya no quiero más palabras derramadas en mi nombre, ya no quiero ser nada de lo que algún día fui. La crueldad llegó a su límite y encontré la puerta roja, la salida está a la vuelta y no la pienso dejar ir. Ahora soy nuevo, un nuevo hombre que se reconoce más niño de lo que algún día fui.

Ya no quiero amores, dolores, espantos. Quiero ser el imprevisible, el desapercibido. Que los fantasmas del pasado se enclaustrenentre hojas de Biblia que jamás leeré, que nadie leerá, por las que nadie dará un peso en vida. Morir y reencarnar en cielo, solo por el placer de que me empape la lluvia. Que me despeje de clamores vanos, del gris que me nubla los ojos tristes. Que me pinte el suelo de colores y a mi mismo de cálidos destellos anaranjados.

No quiero que me lloren, no quiero que me extrañen. Dejo atrás la cáscara de lo que fui. De araña en araña y de oruga a mariposa. De Dios a cielo, de Aquiles a hombre y de adulto a niño. Cambio para ser eso que se me fue negado, para sentir, para querer, para no esperar nada de nadie.

Dejo de ser. Soy para mí.

(2017)