Ya no quiero que me nombren Dios. Ya no quiero que me piensen bello. Abandono el círculo de los poetas, incesante, pues me marchito. La vida no se vive y el alma está enjaulada. El cautiverio del sentir prohibido se replica y se acumula, un cúmulo desgastante.
Ya no quiero más palabras derramadas en mi nombre, ya no quiero ser nada de lo que algún día fui. La crueldad llegó a su límite y encontré la puerta roja, la salida está a la vuelta y no la pienso dejar ir. Ahora soy nuevo, un nuevo hombre que se reconoce más niño de lo que algún día fui.
Ya no quiero amores, dolores, espantos. Quiero ser el imprevisible, el desapercibido. Que los fantasmas del pasado se enclaustrenentre hojas de Biblia que jamás leeré, que nadie leerá, por las que nadie dará un peso en vida. Morir y reencarnar en cielo, solo por el placer de que me empape la lluvia. Que me despeje de clamores vanos, del gris que me nubla los ojos tristes. Que me pinte el suelo de colores y a mi mismo de cálidos destellos anaranjados.
No quiero que me lloren, no quiero que me extrañen. Dejo atrás la cáscara de lo que fui. De araña en araña y de oruga a mariposa. De Dios a cielo, de Aquiles a hombre y de adulto a niño. Cambio para ser eso que se me fue negado, para sentir, para querer, para no esperar nada de nadie.
Dejo de ser. Soy para mí.
(2017)
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