Me gustaría decir que fue fácil. Fácil como despertar de un sueño largo, sintiendo absolutamente nada. Fácil como borrar todas las canciones de mi reproductor sin desperdiciar una sola lágrima. Fácil como quemar las cartas, fotos, promesas e ilusiones incrustadas en mis huesos, sin arder en el intento. Me gustaría decir que no costó, que no se me agotó la vida. Que la mirada fija y la cabeza en alto fueron mi estandarte, y que ahogué las tormentas de cada cielo nublado. Que conté amaneceres por propia voluntad, y que el vacío interno solo era un cambio de estación. Pero el llanto almidonado me costó el silencio, la certeza y la calma. Solo mis brazos acunaron el vértigo de la caída inesperada, del Ícaro irracional, empecinado en que sus alas le llevarían lejos.ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ
las notas de mi celular ya no dan abasto, necesito espacio para la lista del supermercado.
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Y aún así, mis brazos no bastaron. Desbaratado en el suelo, salpicando agua podrida y flores secas a mi alrededor, yo mismo recogí cada pieza, con dedos temblorosos y alma moribunda. Y cada esquirla me perforó, me desangró en la inconstancia. Perdí mi rosa y donde había belleza emergieron espinas, la poesía se esfumó con el alba y tuve que domesticar la peor parte de mí.
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Me gustaría decir que fue fácil. Fácil como renunciar a todo sin mirar atrás. Fácil como embotellar cada momento y lanzarlo a la inmensidad desconocida del océano. Fácil como recordar sin la angustia amontonándose en mi pecho. Pero resulta que lo fácil no existe en este mundo delirante y vertiginoso. Un carrusel que gira sin destino y sin final, atrapado y expuesto a una luz altanera, bajo el telón, sobre las tablas. Abrazarme y llorar nunca fue tan desgarrador.
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Y todas las noches donde los sollozos se arrastraron buscando asilo, algún refugio o recoveco donde pudiesen observarme. El regalo del albedrío apaciguado y sepultado bajo alas rotas. Me recogí como marea, y navegué sin saber muy bien a donde iba. Entonces entendí el significado de la deriva, de la manta des-tejida y la cuerda atada al mástil. Me dejé caer y me sostuve. Me culpé y emprendí mi propio juicio. Auné el valor para reconocerme, y recuperar la mirada que me arrebató el espejo de tu estrecho corazón.
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La luna retomó su curso, abandonó al sol y permitió que solo su recuerdo la besara, que me besara. Sus labios tibios en la frente, la luz retorciendo su espectro tras mis lágrimas. La realidad alterada en la mañana, cada dos horas, hasta que se acabara. Bajé al último de los infiernos, me reconocí mortal y roto. Peldaño a peldaño, a evasión pura alcancé el aire limpio de un nuevo día. Destruí la metáfora y la imagen, la ilusión de la caverna.
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Un corazón de golondrina no se puede destruir. No se le puede arrebatar la calidez al sol. Acaricié cada cicatriz y me remonté al campo de batalla. Vi tras de mí la miseria de un reinado muerto, el regadero de sangre y tristeza, y cada una de mis vidas aplastada. Suspiré y avancé paso a paso.
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Me gustaría decir que fue fácil, pero un día me levanté sintiendo el corazón de nuevo, mirándome al espejo y reconociendo la huella de cada día, rasmillo y caída. Me desperté y respiré hasta estallar los pulmones de alegría.
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Me gustaría decir que fue fácil, mas nada tendría sentido en esta vida.
(2019)
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