Noche de oro líquido.
Llamas que arañan el cielo negro,
y en él
arden estrellas de ceniza,
bajo un velo
de tragedia.
Luces rojas
acuchillan las paredes humeantes,
una
y otra,
y otra vez, eternamente aquella noche;
¿y yo?
me volví un carroñero,
o siendo justo,
solo un curioso tentado
por el aroma del hollín,
el acto del fuego
mi carroña.
Arde la cruz,
llora Cristo,
ardiendo y arremolinándose hacia el cielo,
junto a su padre.
Florece la primavera frente a mis ojos,
y es que Dios,
hace tiempo que ha muerto.
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