titanic

El sin sabor en un suspiro. Rose finge sonrisas y sube a paso lento, señorial, adentrándose en la maqueta de ensueño forjada a hierro, donde le prometen, se esconde su felicidad. Los océanos esperan y las piezas de Picasso alternan un tanto de dulzura, crema y fresas que se esfuman cuando el cubismo ha desbordado sus pupilas, y aún así, su lengua no saliva. Rose se ha ataviado en velos de pureza y aromas importados de París, entre horquillas, brillos y bucles rojos. Ha sumergido la yema de los dedos en el platillo de agua tibia; ha sostenido la última cucharilla de la esquina y ha saciado el vacío con caviar. Silba y canturrea a orillas de su jaula, a espaldas de su madre, murmura contra la almohada.  

El mundo que conoce son sabores fantasía, arena y agua; galas que ocultan capricho e interés vano, un amor con desazón, falta almíbar, sobra agravio. Se ha convertido en muñequita de antigüedades, en moneda de cambio, o Dios no quiera, de alquiler. Rose ya no se encuentra en el fragor almidonado, en los bailes de un, dos, tres, o en el frío del Atlántico. El existir la ahoga y es insípido. Muerde los labios y escurre la sangre. A esto sabe lo que llaman vida, y la vida sabe a nada, absolutamente nada; la renuncia se hace un brinco pero allí está él, dibujante de escotilla, de prostitutas y manos finas.
       
Jack le muestra el dulce de los besos, el ácido de lo incorrecto, el agraz del desprecio. Mezcla risas con suspiros, la brisa con jadeos, el ocaso con el viento. Y el azul del corazón zafiro se torna mágico, una cajita de secretos, de dedos con grafito y ojos concentrados. Rose saborea la libertad y el instante lejos de la desdicha, los pulsos rápidos, el riesgo intenso.
       
Pero el mundo se congela y la lengua se hace un nudo.
Sin sabor como designio, de ser dos a menos uno.

(2019)

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