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Me quito la ropa frente al espejo, como si así me deshojara la frustración del alma. Me miro y advierto que, efectivamente, nada es eterno. Los claveles que él pintó con su boca sobre mí, se marchitan y transmutan en pensamientos amargos. Puedo contarlos uno a uno con los dedos, abrazarlos al recuerdo nítido y acariciarlos con la yema de mis dedos.

       
Es irónico que la mismísima Calipso me hiciese caer en cuenta de los cantos de sirena que me aturdieron la razón cual tripulante (y yo, torturándome a mí mismo como Odiseo atado al mástil); pero la ironía puede pintarse de certeza cuando la verdad abunda en la boca de la experiencia: el mejor sexo tiene como equivalente una alta taza de sufrimiento posterior (para que el pesar valga la pena, digamos). Sin embargo, hay sustos que curan el espanto, y grietas que resisten porque no hay nada más que pueda romperse en el camino.
       
Si cierro los ojos, el deseo continúa vibrando bajo mi piel porque hay algo en el camino entre las entrañas y el cerebro que no se ha enterado aún del deceso. Las palomas mensajeras se han tomado un descanso (de mí, probablemente), así que, las manos traicioneras que se niegan a creer, recorren mi cintura por esos lugares donde sus dedos siguen marcados, esos sitios donde arde y cada toque duele. Mis dedos presionan y yo me quejo, porque lo disfruto aún (incoherencia en estado puro).
       
Estoy desesperado, sí; desesperado, empecinado, obsesionado, necesitado, anhelante y deseoso. Mi corazón se ha encendido de ganas que buscan ser avivadas y que, a cambio, se han alimentado únicamente de agua, esa que corre y que jamás pasa otra vez por el mismo río, esa que se pierde luego de que sacia la sed porque es tan pasajera como la calma, luego de que riega cada pétalo pintado en mi piel. El agua me ha mordido, quemado, marcado, rasguñado, lamido, besado y amado de una forma corta y placentera, en lo que tú no estás.
       
Recibo mis caricias de felicitación, o quizás, de resignación, y me desvisto de las que marcaron territorio inconquistable; me quito las estampas de esos labios húmedos, para plantar mi propia bandera del placer auto infundado y la prohibición. El anonimato.
       
Dejaré de coleccionar flores en esta maceta donde tantas otras han sido regadas. He de dejar florecer las mías propias en verano y permitiré a las espinas crecer.

(2019)

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