Soy de los que se disfrazan de sí mismo a diario. Esencia intercambiable. Cambia rostros, cambia pieles. De los que un día se sienten muy algo y al día siguiente un tanto no se qué. Me conozco al cien por ciento y luego me hundo al menos uno. Extrema convicción, nula perseverancia. Acciones talladas en crudeza pura, en arcilla sin secar y en rayones sobre la madera de esas mesas abandonadas en las aulas durante el verano.
Noche tras noche, un velo invisible cubre mi corazón desvelado, un manto del formaldehido que mantiene controladas las heridas en carne viva, esas que vibran y arden amenazantes en sangrar. Esas por las que mi alma suspira silbidos de recuerdo y abandono insostenible, mientras el calor de la esperanza les hace frente para no perder la cordura y esa innata capacidad de amar con la que caímos a este mundo.
No diré que me auto defino, ni que me conozco porque no lo hago. La mayor parte del tiempo solo sobrevivo, a mí mismo y a la ansiedad que me habita y me invade. Paso por sobre los cadáveres de mis propios fracasos que intentan aportillarme el alma en desazón y locura, entonces pisoteo firme sobre ellos, y los golpeo intentando deshacerme de su agarre funesto sobre mis extremidades tensas, lánguidas en voluntad, exiguas en fuerza.
Y mi mente es una caja negra incluso para mí mismo. Un baúl corroído cuyo contenido está entero camuflado en penumbras, en el peso de las piedras del abrigo en que Virginia Wolf dejó el desastre de la existencia no deseada, abatida. Aquel ser que habita en mí solo silencia su estrategia de echarme afuera para quedarse con mi carne cuando escribo, cuando tomo el control de mis manos temblorosas y las alisto para deslizarse sobre las teclas con dureza y fiereza imprudentes; solo así es cuando salgo indemne.
Ahora me siento medio vacío, desprovisto de preocupación o de mínimo sentido. Tangencialmente me encuentro a mí mismo rememorando amores pasados, pasiones fluviales e intensidad que hasta ahora me desarma. Tras mis pies las huellas de lo que fui las borra la marea y ya no quiero aferrarme a más nada.
Es la elíptica maraña de raíces del Dasein, que se funde con la tierra y la penetra intentando sobrevivir por sí mismo, buscando el sol, buscando el agua; buscando el deseo costoso de la felicidad prometida y nunca encontrada; esa promesa ufana y de la boca para afuera que creímos ser capaces de hallar, cuando ni siquiera puede esconderse, porque nadie, ni ella misma, se oculta del destino manifiesto y trágico de la vida entre cenizas y volutas de nauseabunda peste negra.
(2017)
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