Supero insanamente
una necesidad con otra.
El vértigo mordaz
con hambre de todo,
te tortura el estómago
y escala ácido por la garganta;
como un escalofrío tenue,
confundible
con amor.
Reemplazo lo onírico con sueños de concreto
edificando sobre mis párpados,
esa sonmolencia de estar,
no estar,
y no seguir durmiendo
¿para qué?,
si la cama se vuelve fría y grande para cobijar cualquier cosa,
aquellas cosas
que ni siquiera encuentro en mí,
porque parecen volar a buscar cobijo
en un lugar más tibio,
en un mejor destino;
en definitiva,
tengo hambre y tengo sueño,
y me cuesta estar sin ti.
Parece que vivo y duermo flotando
en una pecera
en la que podríamos revolcarnos juntos;
y el ajedrez de mi abuelo,
ese al que le falta un alfil negro y dos peones blancos,
resume y se levanta
como una ciudad de ensueño sobre la mesa de centro,
porque mi hermano dijo que era necesario decorar
y el ajedrez de mi abuelo,
ese al que le falta un alfil negro y dos peones blancos,
resume y se levanta
como una ciudad de ensueño sobre la mesa de centro,
porque mi hermano dijo que era necesario decorar
(y que la cama debía mirar hacia la ventana);
y mientras más lo miro
más quiero usar las piezas
como estacas que marquen territorio
y levanten campaña sobre tu piel,
o quizás
(mejor)
susurrarles intenciones
y convertirlas en puntos de astrolabio:
para guiarme al besar tu pecho,
tu piel,
tus manos.
El sol me amanece a la fuerza
y yo insisto en cerrar los ojos
y pretender
que no le veo,
que sus rayos beatos no golpean mi ventana
y que el día es inminente atardecer,
así que vale la pena
continuar dormido;
pero son las diez a.m.
más quiero usar las piezas
como estacas que marquen territorio
y levanten campaña sobre tu piel,
o quizás
(mejor)
susurrarles intenciones
y convertirlas en puntos de astrolabio:
para guiarme al besar tu pecho,
tu piel,
tus manos.
El sol me amanece a la fuerza
y yo insisto en cerrar los ojos
y pretender
que no le veo,
que sus rayos beatos no golpean mi ventana
y que el día es inminente atardecer,
así que vale la pena
continuar dormido;
pero son las diez a.m.
y han retomado la construcción de junto,
los niños del setecientos-cuatro están correteando sobre mi cielo,
y mi vecino del seiscientos-ocho ha comenzado a pelear otra vez con la T.V.
La sala aún huele a marihuana y cigarrillo,
he vuelto a deshacer las sábanas entre mis piernas,
y la pantalla plana enseña la animación sin sonido de cada mañana.
No quiero, me quedo.
No quiero, me quedo.
Hace hambre, escasea dinero y sobra ilusión.
Por eso arrastro ambas manos
en el espacio vacío de la plaza y media de acolchado,
y mis dedos caminan sobre cada resorte
como si se tratara de ti,
como si pintara en azul cielo las líneas de tu cuerpo,
hundiendo mi nariz
en el vacío de la almohada
que debería llevar tu olor.
Respiro y te pienso.
Recuerdo que hace tres días cerré los ojos y te llamé,
abrazando la desnudez de mi cuerpo anhelándote;
te llamé en positivo
te llamé en positivo
(como se piden los deseos)
y luego besé el escondite
donde quiero ocultarte a ti.
La noche me agrada más que los días ahora mismo,
y aunque sea sábado no me tomo libres de pensarte
(no se odia el trabajo
si el trabajo es arte).
(2019)
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