
Leí por ahí que los poetas tienen alma de asesinos, y por asociación, diría que los escritores tenemos alma de asesinos seriales y de muertos también, un poco de ambas. Dígase asesinos, no estamos contentos, ni mucho menos satisfechos o extasiados con nuestra sangre fría, así que somos capaces de volver una y otra vez a la escena del crimen, empaparnos con el aroma metálico de los charcos de sangre y las vísceras hechas clavel en la pared. Volvemos al recuadro de nuestra indolencia para cerrar los ojos y humedecer la sensación del carmín bañándonos las manos; el sonido de la bala percutada o del puñal diseccionando la carne; la textura del cuello tenso, dejando de palpitar bajo nuestros dedos, o la presión del gatillo antes de ser jalado.
Cada escrito es una revuelta interna de la sensación de matar y morir un poco en el intento, cuando el sonido de risas difusas, el retazo de pieles desnudas y las voces apagadas y dulces nos desbaratan la conciencia y la memoria. Las letras que se esmeran en ser derramadas sobre el papel nos acribillan al final de la jornada, mirándonos al espejo de nuestra propia soledad con las manos entintadas en sangre.
El peso de nuestras malas decisiones fluyen como el disfraz de una realidad tortuosa, plasmándose en celulosa que al final, querríamos terminar quemando, deshaciendo en cenizas. Ahora entiendo que, cuando Nerón quemó Roma, solo intentaba escapar de las cosas que era incapaz de manejar, de sí mismo y de su mala racha. Nerón quemó todo aquello que era objeto de deseo porque no podía tenerlo, porque no podía hacerlo suyo bajo voluntad, sino solo tomándolo por la fuerza.
Hay que tener perfidia y veneno en el corazón para dejar que las letras se unan en códigos sintácticos de una lengua que sea capaz de contarnos, de forma silente y tajante, las cosas que la conciencia no quiere admitir. La pluma se desliza ante nuestros ojos, obligándonos a leer mientras escribimos, eso que se acalla con placeres mundanos y cigarrillos de balcón.
Hay momentos en los que pienso en aquellos pajaritos, y en los episodios mentales de una novela que cree para mí mismo y que no quiero que nadie más lea. No quiero que la lean desnuda al amanecer, que la vean sonreír o que sientan su tacto. No me aventuro ni siquiera a hacerlo explícito en una hoja o en cuartillas porque alguien más podría encontrarse con una presencia que he aprendido a fuerza de golpes, a mantener intacta en la remembranza del primer acercamiento.
Me asusta mirar mis manos. Me da asco verlas y encontrar en ellas el nauseabundo reflejo del solitario y ponzoñoso ser en el que me convertí. Miro a la nada en introspección paulatina y comienzo a considerarme una enfermedad, la peste negra, la fría muerte o el mismísimo diablo. Lo que toco lo incinero, lo destruyo e intento mantenerlo cerca solo porque me gusta sentir el sufrimiento del amor más puro intentando corroer un alma incapaz de vibrar o entibiarse.
La humanidad no sabe de talentos, de virtudes ni de dones innatos. La humanidad, la gente, espera encontrar en el morbo lo divino. Un Sócrates de beber la cicuta para ser admirado; un Rimbaud debe enclaustrarse en un baúl solo con un par de hojas de papel, una pluma y un vaso de agua para que su arte, su alma, sea condenada a la distintiva gloria. Un Huidobro debe ser lo suficientemente excéntrico, un Poe terminantemente sombrío y un Kafka una quimera más cucaracha que persona, para que la indiferencia y desprecio sean reemplazados por bustos sobre los pilares del Olimpo de Homero; como si no fueran suficientes las dagas en las entrañas con cada palabra forjada, como si blandir la tinta entre los dedos no quemara el estómago y los sesos del puro remordimiento.
Remordimiento por la cobardía, por la falta de experiencia. Culpa por todas las veces en que en vez de afrontar la vida, terminamos por escondernos tras palabras y hojas llenas de no se qué. A veces me maldigo a mí mismo y la incapacidad de dejar la métrica dramatúrgica de lado. A veces, deseo esa capacidad humana y fácil de cometer errores y pasar de ellos sin revolcarme en el lodo cada vez que puedo porque la desidia contra mí mismo es mi más fiel amante; y así como voy, terminará por ser la única. Siempre lo ha querido, siempre me ha susurrado al oído que la deje ser la reina en el trono de mis escombros.
Recojo el clavel como un trozo de alma purgado y lo guardo en la solapa de mi abrigo, como muestra de total indiferencia hacia mí mismo. Miro el lecho, nuestro hogar que se convirtió en crimen pasional, y limpio de mis manos asesinas y certeras la sangre que derramé a borbotones.
El brillo de la masa espesa y caliente aún se desliza entre los tablones de esta tragedia infinita y entrecortada, y al final soy yo, el que recibe los aplausos de la audiencia por mi magistral homicidio-suicidio. Excepcional, leo en sus labios. Las luces me encandilan y el sudor se eleva en forma de vapor desde mi rostro. Sonrío para no largarme a llorar a causa de mi estrechez, de la falta de esos veintiún gramos, y el telón se cierra dejando atrás una careta falsa. He aprendido a ser un buen actor.
Limpio mis armas de estertores que me pisen los talones cuando las calles suelten efluvios de aire caliente, y me marcho a un destino conocido.
El papel, la tinta, el super-yo. Pasta de escritor.
El arma, la sangre y el ello. Alma de asesino.
Se preguntarán por el yo, entre tantas pulsiones de tira y afloja. Yo soy un instrumento, el títere que sonríe falsamente, justo en medio.
(Nunca vuelvas a enamorarte de un escritor, nunca más falles en el primer intento.)
(2017)
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