desh0jar


La enfoco,
cierro un ojo y la enfoco.
Desnuda en sus pétalos,
siendo.

Veo cómo se marchita
ante mi tacto doloroso y cruel.
Corto la rosa
desde su raíz.
Sus espinas me clavan y me hacen sangrar,
me causan tanto dolor como yo a ella,
y deja cicatrices,
pero está muriendo, lo veo,
se desflora y sus pétalos caen,
secos,
abandonados.

La veo ser desprovista de su belleza.
Me es entregada como exquisito festín
y yo la fulmino,
la consigo y la poseo
solo para destruirla;
que nadie más la admire,
que nadie más la toque.

Mantenme lejos de las flores
porque amo
pisotearlas.

(2017)

evitativ0(s)

Cautela. Esa que te caracteriza. Esa que te mantiene con los dedos sobre el arpa, acariciando las tensas cuerdas, temerosa de tocar alguna nota en falso que vibre muy intensa dentro de ti.         

Cautela. Esa de mirar y no tocar. De imaginar, pensar, desear, y silenciar arrepentida. La que hace imperar tu conciencia a tu sentir, esa en la que no solo basta amar, sino ser secuestrado.
            
Cautela la tuya, de apartar el rostro, cerrar los ojos y evitar pensar en mí cuando él te besa. Cautela silenciosa la que te llama a gemir mi nombre en medio de la oscuridad sin que nadie más lo sepa. Cautela hay en tus manos, que te tocan buscando hacerte tuya, cuando tu piel implora por ser mía.
            
Cautela la tuya de no sentir, buscando en sus manos el mapa de ese amor no encontrado, dándome la espalda porque en las mías solo hay líneas que se enredan y se pierden como mi boca entre tus piernas. Cautela de tu sexo, cautela de tu mente. Cautela racional, cautela indemne.
            
Cautelosa tú por dejarme. Cauteloso yo
al no permitirme,
amarte.

(2017)

s0l0 un vers0


Me hace querer ser poesía. De esa que se relee cada cierto tiempo y nunca se olvida. Pero de ser poesía sería perfecto, y yo, soy solo un pequeño verso, ese verso de relleno, ese que sobra; ese que completa la métrica y solo habla adornos.
         

De no ser poesía, quisiera ser el cielo. Ese estrellado que la cubre por las noches mientras la luna la vigila, pero yo no soy noche, soy día. Soy ese cielo claro en donde todo debe ser pensado con la cabeza fría. Quisiera ser noche, y mientras duerme ella sería solo mía.
            
En mis manos solo tengo un costal de sensaciones, besos, caricias y amores. En mi costal solo tengo lo que soy, carne; de la más magra y vivaz. En mi costal solo llevo un puñado de ganas e intenciones.
            
Tras mi telón se oculta mi yo verdadero, ese que pareces conocer bien y que dices, se reviste de apariencias. Tras mi telón que ahora está abierto, solo encontrarás todo aquello que te ofrezco.
            
Soy el hombre que deambula por tus sueños, ese que se desliza entre suspiros y en silencio acaricia tu cabello. Soy ese hombre que sentado en la vereda de lo onírico, te piensa desde las entrañas hasta el corazón. Ese niño que te quiere, ese hombre que te toma.
            
Ella me hizo querer ser poesía, pero solo fui un trágico verso.

(2017)

tr0ya

Con monedas en los ojos me despido. Del muérdago caído en ese invierno que no fue. De los labios rojos que rehuyeron los míos. De la gloria que conquisté y se disipó frente a mis ojos.

En la pira que arde, la leyenda que se crea entre letras, se quema y se deshace; asesinado a manos de mí mismo, de mi alter ego, de ese que fui y decidí no ser. Paris fui, Aquiles me iré.

Hoy la gloria me sabe a hojas de té, a seco y a guardado. La sangre que corría sobre mi piel, empapándome de siglos futuros, se ha secado al caer sobre la tierra y las cenizas de Troya. La flecha mal habida de los dioses, ha puesto punto final a la epopeya, y yo, con ese punto, he de terminar.

Creonte, navega tu barca y acércame a la orilla, llévame a ese punto de los ídolos, donde Patroclo me espera por un nuevo festín. He renunciado a la ambrosía y a la eternidad, porque los dioses son impávidos y crueles.

Aquiles me iré. Con monedas en mis ojos he de divisar la gloria eterna que me espera en sus recuerdos, en sus manos, en su voz. Aquiles seré cuando me piense y se acaricie, cuando susurre el nombre de ese Paris que ya fue.

Paris persigue a una mujer, pero yo... Yo persigo la gloria.


(2017)
 

peste negra

Soy de los que se disfrazan de sí mismo a diario. Esencia intercambiable. Cambia rostros, cambia pieles. De los que un día se sienten muy algo y al día siguiente un tanto no se qué. Me conozco al cien por ciento y luego me hundo al menos uno. Extrema convicción, nula perseverancia. Acciones talladas en crudeza pura, en arcilla sin secar y en rayones sobre la madera de esas mesas abandonadas en las aulas durante el verano.

Noche tras noche, un velo invisible cubre mi corazón desvelado, un manto del formaldehido que mantiene controladas las heridas en carne viva, esas que vibran y arden amenazantes en sangrar. Esas por las que mi alma suspira silbidos de recuerdo y abandono insostenible, mientras el calor de la esperanza les hace frente para no perder la cordura y esa innata capacidad de amar con la que caímos a este mundo.
     
No diré que me auto defino, ni que me conozco porque no lo hago. La mayor parte del tiempo solo sobrevivo, a mí mismo y a la ansiedad que me habita y me invade. Paso por sobre los cadáveres de mis propios fracasos que intentan aportillarme el alma en desazón y locura, entonces pisoteo firme sobre ellos, y los golpeo intentando deshacerme de su agarre funesto sobre mis extremidades tensas, lánguidas en voluntad, exiguas en fuerza.
     
Y mi mente es una caja negra incluso para mí mismo. Un baúl corroído cuyo contenido está entero camuflado en penumbras, en el peso de las piedras del abrigo en que Virginia Wolf dejó el desastre de la existencia no deseada, abatida. Aquel ser que habita en mí solo silencia su estrategia de echarme afuera para quedarse con mi carne cuando escribo, cuando tomo el control de mis manos temblorosas y las alisto para deslizarse sobre las teclas con dureza y fiereza imprudentes; solo así es cuando salgo indemne.
     
Ahora me siento medio vacío, desprovisto de preocupación o de mínimo sentido. Tangencialmente me encuentro a mí mismo rememorando amores pasados, pasiones fluviales e intensidad que hasta ahora me desarma. Tras mis pies las huellas de lo que fui las borra la marea y ya no quiero aferrarme a más nada.
     
Es la elíptica maraña de raíces del Dasein, que se funde con la tierra y la penetra intentando sobrevivir por sí mismo, buscando el sol, buscando el agua; buscando el deseo costoso de la felicidad prometida y nunca encontrada; esa promesa ufana y de la boca para afuera que creímos ser capaces de hallar, cuando ni siquiera puede esconderse, porque nadie, ni ella misma, se oculta del destino manifiesto y trágico de la vida entre cenizas y volutas de nauseabunda peste negra.

(2017)

p0etasesin0


Leí por ahí que los poetas tienen alma de asesinos, y por asociación, diría que los escritores tenemos alma de asesinos seriales y de muertos también, un poco de ambas. Dígase asesinos, no estamos contentos, ni mucho menos satisfechos o extasiados con nuestra sangre fría, así que somos capaces de volver una y otra vez a la escena del crimen, empaparnos con el aroma metálico de los charcos de sangre y las vísceras hechas clavel en la pared. Volvemos al recuadro de nuestra indolencia para cerrar los ojos y humedecer la sensación del carmín bañándonos las manos; el sonido de la bala percutada o del puñal diseccionando la carne; la textura del cuello tenso, dejando de palpitar bajo nuestros dedos, o la presión del gatillo antes de ser jalado.

Cada escrito es una revuelta interna de la sensación de matar y morir un poco en el intento, cuando el sonido de risas difusas, el retazo de pieles desnudas y las voces apagadas y dulces nos desbaratan la conciencia y la memoria. Las letras que se esmeran en ser derramadas sobre el papel nos acribillan al final de la jornada, mirándonos al espejo de nuestra propia soledad con las manos entintadas en sangre.
      
El peso de nuestras malas decisiones fluyen como el disfraz de una realidad tortuosa, plasmándose en celulosa que al final, querríamos terminar quemando, deshaciendo en cenizas. Ahora entiendo que, cuando Nerón quemó Roma, solo intentaba escapar de las cosas que era incapaz de manejar, de sí mismo y de su mala racha. Nerón quemó todo aquello que era objeto de deseo porque no podía tenerlo, porque no podía hacerlo suyo bajo voluntad, sino solo tomándolo por la fuerza.
      
Hay que tener perfidia y veneno en el corazón para dejar que las letras se unan en códigos sintácticos de una lengua que sea capaz de contarnos, de forma silente y tajante, las cosas que la conciencia no quiere admitir. La pluma se desliza ante nuestros ojos, obligándonos a leer mientras escribimos, eso que se acalla con placeres mundanos y cigarrillos de balcón.
      
Hay momentos en los que pienso en aquellos pajaritos, y en los episodios mentales de una novela que cree para mí mismo y que no quiero que nadie más lea. No quiero que la lean desnuda al amanecer, que la vean sonreír o que sientan su tacto. No me aventuro ni siquiera a hacerlo explícito en una hoja o en cuartillas porque alguien más podría encontrarse con una presencia que he aprendido a fuerza de golpes, a mantener intacta en la remembranza del primer acercamiento.
      
Me asusta mirar mis manos. Me da asco verlas y encontrar en ellas el nauseabundo reflejo del solitario y ponzoñoso ser en el que me convertí. Miro a la nada en introspección paulatina y comienzo a considerarme una enfermedad, la peste negra, la fría muerte o el mismísimo diablo. Lo que toco lo incinero, lo destruyo e intento mantenerlo cerca solo porque me gusta sentir el sufrimiento del amor más puro intentando corroer un alma incapaz de vibrar o entibiarse.
      
La humanidad no sabe de talentos, de virtudes ni de dones innatos. La humanidad, la gente, espera encontrar en el morbo lo divino. Un Sócrates de beber la cicuta para ser admirado; un Rimbaud debe enclaustrarse en un baúl solo con un par de hojas de papel, una pluma y un vaso de agua para que su arte, su alma, sea condenada a la distintiva gloria. Un Huidobro debe ser lo suficientemente excéntrico, un Poe terminantemente sombrío y un Kafka una quimera más cucaracha que persona, para que la indiferencia y desprecio sean reemplazados por bustos sobre los pilares del Olimpo de Homero; como si no fueran suficientes las dagas en las entrañas con cada palabra forjada, como si blandir la tinta entre los dedos no quemara el estómago y los sesos del puro remordimiento.
      
Remordimiento por la cobardía, por la falta de experiencia. Culpa por todas las veces en que en vez de afrontar la vida, terminamos por escondernos tras palabras y hojas llenas de no se qué. A veces me maldigo a mí mismo y la incapacidad de dejar la métrica dramatúrgica de lado. A veces, deseo esa capacidad humana y fácil de cometer errores y pasar de ellos sin revolcarme en el lodo cada vez que puedo porque la desidia contra mí mismo es mi más fiel amante; y así como voy, terminará por ser la única. Siempre lo ha querido, siempre me ha susurrado al oído que la deje ser la reina en el trono de mis escombros.
      
Recojo el clavel como un trozo de alma purgado y lo guardo en la solapa de mi abrigo, como muestra de total indiferencia hacia mí mismo. Miro el lecho, nuestro hogar que se convirtió en crimen pasional, y limpio de mis manos asesinas y certeras la sangre que derramé a borbotones.
      
El brillo de la masa espesa y caliente aún se desliza entre los tablones de esta tragedia infinita y entrecortada, y al final soy yo, el que recibe los aplausos de la audiencia por mi magistral homicidio-suicidio. Excepcional, leo en sus labios. Las luces me encandilan y el sudor se eleva en forma de vapor desde mi rostro. Sonrío para no largarme a llorar a causa de mi estrechez, de la falta de esos veintiún gramos, y el telón se cierra dejando atrás una careta falsa. He aprendido a ser un buen actor.
      
Limpio mis armas de estertores que me pisen los talones cuando las calles suelten efluvios de aire caliente, y me marcho a un destino conocido.
      
El papel, la tinta, el super-yo. Pasta de escritor.
El arma, la sangre y el ello. Alma de asesino.
      
Se preguntarán por el yo, entre tantas pulsiones de tira y afloja. Yo soy un instrumento, el títere que sonríe falsamente, justo en medio.
      
      
(Nunca vuelvas a enamorarte de un escritor, nunca más falles en el primer intento.)

(2017)

ya n0 s0y


Ya no quiero que me nombren Dios. Ya no quiero que me piensen bello. Abandono el círculo de los poetas, incesante, pues me marchito. La vida no se vive y el alma está enjaulada. El cautiverio del sentir prohibido se replica y se acumula, un cúmulo desgastante.

Ya no quiero más palabras derramadas en mi nombre, ya no quiero ser nada de lo que algún día fui. La crueldad llegó a su límite y encontré la puerta roja, la salida está a la vuelta y no la pienso dejar ir. Ahora soy nuevo, un nuevo hombre que se reconoce más niño de lo que algún día fui.

Ya no quiero amores, dolores, espantos. Quiero ser el imprevisible, el desapercibido. Que los fantasmas del pasado se enclaustrenentre hojas de Biblia que jamás leeré, que nadie leerá, por las que nadie dará un peso en vida. Morir y reencarnar en cielo, solo por el placer de que me empape la lluvia. Que me despeje de clamores vanos, del gris que me nubla los ojos tristes. Que me pinte el suelo de colores y a mi mismo de cálidos destellos anaranjados.

No quiero que me lloren, no quiero que me extrañen. Dejo atrás la cáscara de lo que fui. De araña en araña y de oruga a mariposa. De Dios a cielo, de Aquiles a hombre y de adulto a niño. Cambio para ser eso que se me fue negado, para sentir, para querer, para no esperar nada de nadie.

Dejo de ser. Soy para mí.

(2017)

ícar0

Me gustaría decir que fue fácil. Fácil como despertar de un sueño largo, sintiendo absolutamente nada. Fácil como borrar todas las canciones de mi reproductor sin desperdiciar una sola lágrima. Fácil como quemar las cartas, fotos, promesas e ilusiones incrustadas en mis huesos, sin arder en el intento. Me gustaría decir que no costó, que no se me agotó la vida. Que la mirada fija y la cabeza en alto fueron mi estandarte, y que ahogué las tormentas de cada cielo nublado. Que conté amaneceres por propia voluntad, y que el vacío interno solo era un cambio de estación. Pero el llanto almidonado me costó el silencio, la certeza y la calma. Solo mis brazos acunaron el vértigo de la caída inesperada, del Ícaro irracional, empecinado en que sus alas le llevarían lejos.ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ

Y aún así, mis brazos no bastaron. Desbaratado en el suelo, salpicando agua podrida y flores secas a mi alrededor, yo mismo recogí cada pieza, con dedos temblorosos y alma moribunda. Y cada esquirla me perforó, me desangró en la inconstancia. Perdí mi rosa y donde había belleza emergieron espinas, la poesía se esfumó con el alba y tuve que domesticar la peor parte de mí.
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Me gustaría decir que fue fácil. Fácil como renunciar a todo sin mirar atrás. Fácil como embotellar cada momento y lanzarlo a la inmensidad desconocida del océano. Fácil como recordar sin la angustia amontonándose en mi pecho. Pero resulta que lo fácil no existe en este mundo delirante y vertiginoso. Un carrusel que gira sin destino y sin final, atrapado y expuesto a una luz altanera, bajo el telón, sobre las tablas. Abrazarme y llorar nunca fue tan desgarrador.
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Y todas las noches donde los sollozos se arrastraron buscando asilo, algún refugio o recoveco donde pudiesen observarme. El regalo del albedrío apaciguado y sepultado bajo alas rotas. Me recogí como marea, y navegué sin saber muy bien a donde iba. Entonces entendí el significado de la deriva, de la manta des-tejida y la cuerda atada al mástil. Me dejé caer y me sostuve. Me culpé y emprendí mi propio juicio. Auné el valor para reconocerme, y recuperar la mirada que me arrebató el espejo de tu estrecho corazón.
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La luna retomó su curso, abandonó al sol y permitió que solo su recuerdo la besara, que me besara. Sus labios tibios en la frente, la luz retorciendo su espectro tras mis lágrimas. La realidad alterada en la mañana, cada dos horas, hasta que se acabara. Bajé al último de los infiernos, me reconocí mortal y roto. Peldaño a peldaño, a evasión pura alcancé el aire limpio de un nuevo día. Destruí la metáfora y la imagen, la ilusión de la caverna.
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Un corazón de golondrina no se puede destruir. No se le puede arrebatar la calidez al sol. Acaricié cada cicatriz y me remonté al campo de batalla. Vi tras de mí la miseria de un reinado muerto, el regadero de sangre y tristeza, y cada una de mis vidas aplastada. Suspiré y avancé paso a paso.
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Me gustaría decir que fue fácil, pero un día me levanté sintiendo el corazón de nuevo, mirándome al espejo y reconociendo la huella de cada día, rasmillo y caída. Me desperté y respiré hasta estallar los pulmones de alegría.
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Me gustaría decir que fue fácil, mas nada tendría sentido en esta vida.

(2019)

titanic

El sin sabor en un suspiro. Rose finge sonrisas y sube a paso lento, señorial, adentrándose en la maqueta de ensueño forjada a hierro, donde le prometen, se esconde su felicidad. Los océanos esperan y las piezas de Picasso alternan un tanto de dulzura, crema y fresas que se esfuman cuando el cubismo ha desbordado sus pupilas, y aún así, su lengua no saliva. Rose se ha ataviado en velos de pureza y aromas importados de París, entre horquillas, brillos y bucles rojos. Ha sumergido la yema de los dedos en el platillo de agua tibia; ha sostenido la última cucharilla de la esquina y ha saciado el vacío con caviar. Silba y canturrea a orillas de su jaula, a espaldas de su madre, murmura contra la almohada.  

El mundo que conoce son sabores fantasía, arena y agua; galas que ocultan capricho e interés vano, un amor con desazón, falta almíbar, sobra agravio. Se ha convertido en muñequita de antigüedades, en moneda de cambio, o Dios no quiera, de alquiler. Rose ya no se encuentra en el fragor almidonado, en los bailes de un, dos, tres, o en el frío del Atlántico. El existir la ahoga y es insípido. Muerde los labios y escurre la sangre. A esto sabe lo que llaman vida, y la vida sabe a nada, absolutamente nada; la renuncia se hace un brinco pero allí está él, dibujante de escotilla, de prostitutas y manos finas.
       
Jack le muestra el dulce de los besos, el ácido de lo incorrecto, el agraz del desprecio. Mezcla risas con suspiros, la brisa con jadeos, el ocaso con el viento. Y el azul del corazón zafiro se torna mágico, una cajita de secretos, de dedos con grafito y ojos concentrados. Rose saborea la libertad y el instante lejos de la desdicha, los pulsos rápidos, el riesgo intenso.
       
Pero el mundo se congela y la lengua se hace un nudo.
Sin sabor como designio, de ser dos a menos uno.

(2019)

giras0les de van g0gh

Qué son las pisadas en falso,
chocolate de menta y cigarrillos baratos.
La tardanza hipócrita,
voltereta en la arena.
Vestir despojos,
la desnudez rota.      

El escaparate de la callecita que baja,
serpiente de sol y pisadas.
Amargura aleatoria, restos de pistacho.
Lengua que deshace
y ya no queda nada.

El descuento que acompaña soledad,
amor propio y desencanto.
       
Entonces, mazapán.
Crema de almendras,
dulce en los labios.
La cajita de quince que alcanza para dos,
la cancioncita de cada noche.
Adrenalina en aleatorio,
ansiedad en calma,
cierro los ojos.

El querer dobla la esquina,
me envuelve y no me canso,
crecen flores campanita,
arena, trenzas y tabaco.

(2019)

ilusi0n

Ilusión.
Ilusión tallada en mármol.
En las enredaderas del cabello
y el destello del sol;
(y en sus manos)
en las vueltas que doy,
rondando su órbita;
(y en sus labios)
en el eco de los pasos que acarician las paredes,
que amordazan el silencio,
silbido de víbora,
susurro del viento.

Desanudando palabras boca a boca,
(y su voz)
aliento tibio y terciopelo,
arrastro los pies y guío;
(beso a beso)
cómeme la boca en los rincones,
bésame el reflejo,
enamórame el alma.

Que no basten las caricias,
ni el suspiro entrelazado,
el olor del pan tostado, o el té de media tarde.

Ilusión en los balcones que te miran sonriendo,
en la punta de la nariz,
el grafito quebrado.
Merienda del viejo mundo,
ojitos estrellados.

(2019)

tendente a l0 salvaje

Noche de oro líquido.
Llamas que arañan el cielo negro,
y en él
arden estrellas de ceniza,
bajo un velo
de tragedia.

Luces rojas
acuchillan las paredes humeantes,
una
y otra,
y otra vez, eternamente aquella noche;
¿y yo?
me volví un carroñero,
o siendo justo,
solo un curioso tentado
por el aroma del hollín,
el acto del fuego
mi carroña.

Arde la cruz,
llora Cristo,
ardiendo y arremolinándose hacia el cielo,
junto a su padre.
Florece la primavera frente a mis ojos,
y es que Dios,
hace tiempo que ha muerto.

fl0res

Me quito la ropa frente al espejo, como si así me deshojara la frustración del alma. Me miro y advierto que, efectivamente, nada es eterno. Los claveles que él pintó con su boca sobre mí, se marchitan y transmutan en pensamientos amargos. Puedo contarlos uno a uno con los dedos, abrazarlos al recuerdo nítido y acariciarlos con la yema de mis dedos.

       
Es irónico que la mismísima Calipso me hiciese caer en cuenta de los cantos de sirena que me aturdieron la razón cual tripulante (y yo, torturándome a mí mismo como Odiseo atado al mástil); pero la ironía puede pintarse de certeza cuando la verdad abunda en la boca de la experiencia: el mejor sexo tiene como equivalente una alta taza de sufrimiento posterior (para que el pesar valga la pena, digamos). Sin embargo, hay sustos que curan el espanto, y grietas que resisten porque no hay nada más que pueda romperse en el camino.
       
Si cierro los ojos, el deseo continúa vibrando bajo mi piel porque hay algo en el camino entre las entrañas y el cerebro que no se ha enterado aún del deceso. Las palomas mensajeras se han tomado un descanso (de mí, probablemente), así que, las manos traicioneras que se niegan a creer, recorren mi cintura por esos lugares donde sus dedos siguen marcados, esos sitios donde arde y cada toque duele. Mis dedos presionan y yo me quejo, porque lo disfruto aún (incoherencia en estado puro).
       
Estoy desesperado, sí; desesperado, empecinado, obsesionado, necesitado, anhelante y deseoso. Mi corazón se ha encendido de ganas que buscan ser avivadas y que, a cambio, se han alimentado únicamente de agua, esa que corre y que jamás pasa otra vez por el mismo río, esa que se pierde luego de que sacia la sed porque es tan pasajera como la calma, luego de que riega cada pétalo pintado en mi piel. El agua me ha mordido, quemado, marcado, rasguñado, lamido, besado y amado de una forma corta y placentera, en lo que tú no estás.
       
Recibo mis caricias de felicitación, o quizás, de resignación, y me desvisto de las que marcaron territorio inconquistable; me quito las estampas de esos labios húmedos, para plantar mi propia bandera del placer auto infundado y la prohibición. El anonimato.
       
Dejaré de coleccionar flores en esta maceta donde tantas otras han sido regadas. He de dejar florecer las mías propias en verano y permitiré a las espinas crecer.

(2019)

10 a.m.

Supero insanamente
una necesidad con otra.
El vértigo mordaz
con hambre de todo,
te tortura el estómago
y escala ácido por la garganta;
como un escalofrío tenue,
confundible
con amor.

Reemplazo lo onírico con sueños de concreto
edificando sobre mis párpados,
esa sonmolencia de estar,
no estar,
y no seguir durmiendo
¿para qué?,
si la cama se vuelve fría y grande para cobijar cualquier cosa,
aquellas cosas
que ni siquiera encuentro en mí,
porque parecen volar a buscar cobijo
en un lugar más tibio,
en un mejor destino;
en definitiva,
tengo hambre y tengo sueño,
y me cuesta estar sin ti.
    

El vaso de cristal a medio beber me sabe a arte.
Parece que vivo y duermo flotando
en una pecera
en la que podríamos revolcarnos juntos;
y el ajedrez de mi abuelo,
ese al que le falta un alfil negro y dos peones blancos,
resume y se levanta
como una ciudad de ensueño sobre la mesa de centro,
porque mi hermano dijo que era necesario decorar
(y que la cama debía mirar hacia la ventana);
y mientras más lo miro
más quiero usar las piezas
como estacas que marquen territorio
y levanten campaña sobre tu piel,
o quizás
(mejor)
susurrarles intenciones
y convertirlas en puntos de astrolabio:
para guiarme al besar tu pecho,
tu piel,
tus manos.
       
El sol me amanece a la fuerza
y yo insisto en cerrar los ojos
y pretender
que no le veo,
que sus rayos beatos no golpean mi ventana
y que el día es inminente atardecer,
así que vale la pena
continuar dormido;
pero son las diez a.m.
y han retomado la construcción de junto,
los niños del setecientos-cuatro están correteando sobre mi cielo,
y mi vecino del seiscientos-ocho ha comenzado a pelear otra vez con la T.V.
La sala aún huele a marihuana y cigarrillo,
he vuelto a deshacer las sábanas entre mis piernas,
y la pantalla plana enseña la animación sin sonido de cada mañana.
       
No quiero, me quedo.
Hace hambre, escasea dinero y sobra ilusión.
Por eso arrastro ambas manos
en el espacio vacío de la plaza y media de acolchado,
y mis dedos caminan sobre cada resorte
como si se tratara de ti,
como si pintara en azul cielo las líneas de tu cuerpo,
hundiendo mi nariz
en el vacío de la almohada
que debería llevar tu olor.

Respiro y te pienso.
Recuerdo que hace tres días cerré los ojos y te llamé,
abrazando la desnudez de mi cuerpo anhelándote;
te llamé en positivo
(como se piden los deseos)
y luego besé el escondite
donde quiero ocultarte a ti.
La noche me agrada más que los días ahora mismo,
y aunque sea sábado no me tomo libres de pensarte
(no se odia el trabajo
si el trabajo es arte).
       
(2019)

navegante

Me he convertido en un barquito de papel,
uno dichoso de navegar
por las aguas de tu luna menguante,
caprichosa sobre la marea,
esa que a ratos mece
y a ratos me lleva.
Y en la proa,
acaricio con mis dedos
la espuma de tu piel efervescente,
que entibia mi cuerpo,
y de paso,
me bebo tu aroma
que gotea de mi boca
como la miel. 

Arrasaría las olas furibundas
que me impidan el paso
hasta el faro de tus ojos;
arrancaría
el sonoro estallar de su inclemencia,
declamaría los suspiros que navegan en mis labios,
y en tus pupilas,
iridiscencia.

Sería aventurado adentrarme de lleno en tu mar,
perseguir tu constelación y la mía
disipándose en la aurora,
trazando mapa y epifanía
del camino hasta tus brazos;
el instante efímero en que mis manos palpitaron
los designios y tus cambios.

Al mar se le ama como a la libertad.
        
Diría que la hazaña es inefable.
No me quedarían palabras
para relatarle al mundo lo que eres,
cómo te mueves,
cómo es que amas.
Que contigo mis subterfugios son hipócritas,
que no alzo las velas y me dejo llevar,
que confío en el viento caótico
esperando que el atardecer
me traiga calma;
que eres basto como el mar,
y que tocas el mundo con tus manos
que parecen arrasarlo todo.
        
Y encallando por la noche,
las estrellas se levantan sobre ti,
tu sonrisa una medialuna,
que baila en mis pupilas aunque cierre los ojos,
pues me besas, yo los cierro y aún te veo.
En tus labios
hallaré aquellas lagunas del olvido,
agua clara en la cual limpiarme la pena,
llenarme de calma,
con tus manos acariciando en espirales,
arrastrándose por mi piel como si no hubiese mañana.
        
La playa era penumbra,
e ironía, eres el mar.
No sabía que para ver el cielo
debía hundirme en la soledad,
rendirte culto y pleitesía.
Nunca me vi como navegante,
nunca advertí el orgasmo mágico
del sol hundiéndose
en el océano,
o del océano acunándome.
        
Barco de papel soy
y tú me hundes,
hasta ese límite
donde no importa
si luego hay más
o simplemente nada.

(2019)

n0 jures en van0

Hay ciertos tipos de juramentos
que te condenan,

esos que haces porque,
en verdad,
sabes que estás condenada
de antemano.

Porque ya dejaste
de luchar
contra la corriente.

Esos juramentos
que te gustaría romper,

quitarte de encima como la ropa,
la ropa cae tan fácil...
Esos juramentos que tratas de olvidar con droga,
y que al final
te los reafirman;
esos que se te vienen a la mente
con el humo del cigarro.

Debería buscar una muerte más digna,
más fácil,
p
orque ya no estarás
ahí,
en la palma de mi mano;
porque ahora
de verdad te extrañaré, 
¿me extrañarás?,
las palabras caen solas.

No me gusta llenarme la boca
de frases lindas
que al fin y al cabo me cuesta entender.

Miseria, nostalgia, tristeza,
se explican de manera más fácil,
menos rimbombante.

Rompo el juramento,
porque creo que en verdad
no quiero olvidarte,
aunque siga vomitando,
sentimientos redundantes.


(2012)

cuatr0 paredes

¿Qué pasa si un día,
solo dejo de respirar?
¿Si ya no quiero
seguir jugando,
y me rindo a un jaque mate?

¿O si me ocurre
como a José Arcadio Buendía,
y avanzo
de una en otra y otra habitación,
cada una igual a la primera,
hasta que siento que debo volver,
y un día,
tocan mi hombro antes de llegar a la original,
y me pierdo para siempre
en una habitación de mentira,
dentro de la cual
sé que apenas cierre la puerta
se desvanecerá,
y quedaré atrapada para siempre en un fondo blanco,
sin poder distinguir
el suelo de las paredes,
con esa claridad tan cegadora?.

¿Y si no hay paredes?
¿En qué habré de sostenerme
cuando tropiece
con las letras que flotarán en el aire?
He de escribir y plasmar
cada una de ellas
en las paredes, 
cuando las encuentre
para así no volver a perderlas:
primera pared: «no finjas»;
segunda pared: «no te mientas»;
tercera pared: «confía»;
cuarta pared; «actúa».
Luego planeo
encontrar un cielo,
y hallar para él,
estrellas de cartón regadas por el suelo,
suspenderlas una a una sobre mí,
contarlas cada noche,
pero
¿Qué noche?
si en esta  habitación
no oscurece nunca.

Salir a buscar,
la puerta inicial de nuevo,
o quizás solo debería
sentarme en el suelo blanco,
mirar las cuatro paredes,
y pensar en que era tan fácil
como hacer esas cuatro cosas,
para sentir lo que es la vida.

(2011)

n0 quier0 decir l0 sient0

Me gustaría ser perfecta,
y poder odiar(te).
Tener superpoderes y retroceder el tiempo,
o quizás
solo pensar mejor las cosas
antes de hacerlas.
Madurar,
que algo en mí funcione,
cambiar la pieza defectuosa;
poder ser indiferente.
Comportarme antipáticamente y no arrepentirme.
No tener que pedir perdón,
o decir lo siento.
Carecer de esa necesidad
de justificarme
en la sensibilidad.
No necesitarte.
No soñar contigo.
No soñarte junto a mí.
Olvidar esa sensación,
aunque,
la palabra olvidar
suena rara,
prefiero reemplazarla
por una explicación.

Platón, otro punto a tu favor.
Me gustaría ser como tú,
y como tú también,
ser igual de indiferente,
olvidarlo todo,
dejarlo en el pasado.
Ocultarte,
y luego
verte a los ojos como si nada pasara.


(2011)

abs0luci0n

«Tú no tienes la culpa».

Creo que es
la quinta vez,
en menos de dos semanas,
que escucho esa frase;
cuatro para pulverizar mi angustia,
y una
para hacerme entender
que nada pasaba.

(2011)

explicaci0n

Todo existe por algo.
El cielo para cubrir la ciudad,
la religión para avivar prejuicios,
el dinero para crear pobreza;
la guerra como exterminio.

Las reglas para restringir
el pensamiento,
la libertad.

El amor un complemento,
la ira como arma,
la piedad como virtud,
lo material
desvalorizando
los sentimientos.

Los abrazos como abrigo,
el agua como sustento,
la sociedad
para crear
una utopía.

El alma como ser,
el fuego para quemar,
el mal como una opción,
el pecado como forma de vida,
el bien como ejemplo a seguir,
la envidia para desear lo ajeno,
el odio
causante de todo mal.

El desprecio como indiferencia,
la ignorancia como defecto,
la perfección para hacernos insignificantes.
El pasado para pulir el presente,
el futuro como esperanza,
los sueños para seguirlos,
la justicia para ejercerla,
la corrupción para atraparla.

La música como inspiración,
el arte
como escape
del alma.

El cuerpo como máquina,
y el sistema,
monotonía de mil engranajes,
no escucha plegarias.

El conocimiento como un privilegio,
la política como razón,
la historia para entender errores,
el mundo para querernos,
y el hombre para matarnos.


(2009)

anhel0

La luna danzaba de izquierda a derecha,
entre nube y nube,
desnudándose en el cielo
como una sola luz
emanada de la tierra,
justo cuando te pensaba
a ti y a tu sexo sobre el mío.

La luna de nuevo se alarga
y desaparece.
Quisiera besarte la noche entera,
tener tus dedos apretando mi cuello;
beber eso que dicen tus ojos,
la química,
tu sonrisa chinita,
atascada en eternidad;
tu calor y tu falta de ternura.

La luna de nuevo.
Mi gata ronrronea y un perro ladra a lo lejos.
Porque no me besaste, ¿o es que ya no me querés?
tan solo una vez no basta,
y parece que afuera está lloviendo.
Quedémonos así,
lo que aguante,
lo que dure,
hasta que caigas,
y ya no sea yo quien sufra;
hasta saber que te perdiste en mí,
como yo me perdería en ella,
hasta que nada más sea suficiente,
y no haya nada más afuera.

Enamórate de mí, quiero que esto haga historia.

(2015)

fueg0-al-fueg0

 y cuando grito libertad pienso en tus ojos,
que me miran siempre así...

Compañero, camarada;
amor-hermano-amigo-amante.
Ojos de libertad,
y labia creadora.
Corazón rebelde,
corazón zurcido.
Pasos cautelosos,
hablador empedernido de tacto tímido.

y cuando grito libertad pienso en tus ojos,
ojos grandes que se abren
apropiándose de mí

Furtivo, risueño,
y sin embargo,
no espero, me marcho.
Me niego, te niego,
sigo tu cautela y me resguardo.
(Espero, me quedo)
Fuego al fuego.
(Leña al fuego)

¡Cuando grito libertad pienso en tus ojos,
y cierro los míos en la espera
de que mañana,
gritemos juntos por la libertad!

(2016)